8 jun. 2009

Domingo 11 Abril 1998: Semana Santa en Donegal (I)

Me fui de Semana Santa a Ballyshannon, un pequeño pueblecito de Donegal. Y si no lo había mencionado antes es porque he estado desganada y ni siquiera tuve tiempo hasta el Viernes por la noche de escribir algo, no quería dejar sin mencionar el Acuerdo de Paz y como aún mi aventura estaba sin finalizar, prefería sentarme tranquilamente y contarlo todo de principio a fin. Ha habido un gran lapsus en este diario desde que terminé mi relacion con Kevin hasta que he comenzado a escribir de nuevo y hasta mi decisión de irme a Donegal. No tenía ánimos para verter mi alma en llantos y lamentos que un día en el futuro tendré que ver y quizá, avergonzarme de lo dicho.
Pero necesitaba esconderme, huir, lavar mis penas fuera de Limerick. Cada noche que salgo es una ruleta rusa de emociones con el temor de encontrármelo de frente. Aún no lo he hecho pero sé que sucederá. Frecuentamos los mismos lugares.
Y mi oportunidad de escaparme un rato llegó de mi amiga Trini Chan, la que me había dado el regalo para el hermano de su novio Dave, que trabajaba en Aer Lingus. Finalmente se ha venido a vivir con él y han acabado en un pueblecito casi perdido de la mano de Dios en Donegal. Me invitó a visitarlos y no lo he pensado demasiado. Kathy me dijo que no era problema si me quería ir una semana porque los niños tenían vacaciones en el colegio y ella se cogía unos días en la peluquería también. Fui a la estación a informarme y no lo pensé demasiado. El billete de autobús me costó casi el sueldo de una semana y el viaje duraba ocho horas, pero tenía ganas de ver a Trini y, como digo, tenía ganas de escaparme de Limerick y olvidar un rato.
Partí el Sábado de mañana, bien temprano. Me habían dicho que el autobús iba directo hasta Ballyshannon... ¡Y una mierda! Llego a Galway y soy la única que se queda en el interior de un autobús que apaga el motor. El conductor me dice que es el fin de trayecto. Acojonada pensando que me he montado en el bus equivocado le explico que es que yo voy hasta Ballyshannon, y me responde que tengo que hacer trasbordo allí con el autobús a Donegal, que vaya a ventanilla y pregunte a qué hora sale el siguente. Y eso hago, con los nervios ya en la garganta. No pasa nada, en media hora sale el siguiente y así me da tiempo a ir al baño y subirme al otro autobús. Pero la aventura no acaba ahí, porque llegamos a Sligo y sucede lo mismo. ¡Me dicen que he de cambiarme al bus de Donegal! ¡Se han propuesto volverme loca y matarme de los nervios!

Al fin llegué a Ballyshannon, donde Trini me esperaba impaciente. Creo que he llegado una media hora después del horario previsto, esto ha sido una verdadera paliza, más de ocho horas sentada en un autobús, que gracias a Dios era cómodo, pero... ¿ocho horas? Nunca más.
Ballyshannon es pequeño. Diminuto. Casi inexistente. Es más grande el espacio que ocupa su nombre en el mapa que el pueblecillo en sí. Está a media hora de la capital (Donegal), pero es insípido, aburrido y para nada me gustaría vivir allí. Me morirëa de pura angustia. Eso sí, estos días han sido un remanso de paz.
Trini y Dave viven en una casita en medio de la nada, con una sola casa a unos metros, de unos vecinos con los que se llevan bastante bien. Para llegar hay que salir de Ballyshannon, caminar por una carretera y luego adentrarse por un camino de tierra, bordear un molino de agua de una granja y seguir unos metros hasta llegar al cottage que han alquilado. Ambos están de momento en el paro, cobrando el subsidio. Dave es profesor y confía en hallar pronto algo. Trini ha encontrado un trabajo dentro de dos semanas en la cercana Bundora, en un hotel, de camarera.
La primera noche la pasamos charlando hasta las tantas. Estaba agotada como para salir y ellos tampoco tenían demasiado dinero, viviendo del paro y tratando de ahorrar, así que hemos comprado unas latas y nos hemos quedado en la casita. Hemos cocinado pollo al horno y una ensalada y hemos bebido y charlado hasta altas horas de la madrugada. Dave es un encanto y me ha -jaja- enseñado todas las palabras malas que no tengo que utilizar. Ahora sé decir vagina de diez maneras diferentes y soy experta en otros tantos nombres para el aparato reproductor masculino. También he aprendido una serie de epítetos para traducir con toda tranquilidad vocablos tan típicos de una señorita de pro como "gilipollas" y otras lindezas similares. No hay nada como ir a pasar unos días con un profesor de lengua.
El segundo día ha sido más movido y Trini me ha llevado a dar una vuelta por los campestres alrededores. Me alegré de haberme llevado el abrigo de piel que le compré a Lucy por cinco libras porque hacía un frío de cojones. Después de pasear entre ovejitas y arroyos, hemos bajado al "centro", por llamarlo de algún modo, porque no hay nada realmente que ver.



Alguna iglesia por el camino (aquí hay más iglesias que habitantes) y unos paisajes encantadores, bucólicos. Un lugar de paz ideal para el que le guste el campo, que no es mi caso. Prefiero el mar, y en Abril y con temperaturas rayando los números bajo cero, de poco me sirve una playa.

Y hemos sido malas, muy malas. Fuimos a una cafetería que se llama El Club de los Poetas Muertos. Muy correctita, la típica en la que te imaginarías a viejas abuelitas inglesas con sus sombreritos floreados sorbiendo té con sus guantes blancos. Queríamos desayunar algo ligerito y nos han traído el menú, he pedido zumo de piña.
No tenían. De albaricoque. No tenían. Trini y yo nos hemos mirado, hemos mirado el menú y de vuelta al camarero. Le hemos preguntado directamente de qué tenía zumos, porque Trini quería de Pomelo y tampoco les quedaba. Sólo tenían de naranja. Un menú tan extenso y sólo tienen zumo de naranja. Genial. ¿Queremos algo de comer? Sí, croissants. No quedaban. ¿Tostadas? No hacían. ¡Fantástico! Finalmente Trini se ha pedido Scones, a mí no me gustan y no me apetecía algo dulce que era lo único que parecían tener en el menú, así que nada. Trini se ha pedido un té y yo el zumito soso. Hemos ido al lavabo. No había papel higiénico.
En venganza, hemos echado sal en la leche, que aquí todas las cafeterías tienen ya en las mesas un jarrito con leche, un salero, un pimentero y un azucarero. Cuando nos hemos ido nos hemos partido la caja de la risa. Cuando se lo hemos contado a Dave al volver a casa nos ha mirado casi con horror, nos ha reprendido como a dos colegialas traviesas y nos ha hecho sentir culpable.
A la mañana siguiente volvimos con Dave a la misma cafetería. Esta vez ha sido él quien ha puesto sal en la leche.

7 pataletas:

chema dijo...

me suena mucho lo que has contado... conozco ciertos pueblos de cantabria que he visitado en verano que podrían atraer mucho más turismo si tuvieran una cafetería en condiciones. lo de echar sal en la leche, vaya ocurrencia! jajaja.

cloti dijo...

¡Tres iglesias en un pueblo chiquitín! Pues va a ser verdad que son el último bastión del catolicismo, jajaja
Bsssssssssssssss
Cloti

CGR dijo...

El sitio parece muy bonito y relajante... pero para unos días. Vivir alli ¡ni de coña! jajajjaja Menuda cafetería pa dar desayunos y no tiene nada de desayunar, jajajjaja

anele dijo...

Dios, qué tortura de viaje.
Encima con trasbordos. A ver si un año de estos se animan a mejorar las infraestructuras viarias, porque se quedaron anclados en el siglo XVIII.

Pues yo tampoco podría vivir en un sitio así. Pelín aburrido para el día a día.

BLAS dijo...

Realmente no habeis sido tan malas, yo además de sal, también habría añadido un poco de pimienta, puestos a aderezar, que no falte, jejeje... Por el mapa que enseñas, parece que te has recorrido Irlanda de abajo a arriba, menudo latazo de viaje en bus. Pero el sitio desde luego es para relajarse todo lo que uno quiera, muy bucólico... Aunque súper estresante para quien le guste el jaleillo de la ciudad. No te veo yo entre ovejas, no...

Shirat dijo...

Qué horror de cafetería. Ni zumos, ni tostadas, ni papel... ¿había sillas?

Lar dijo...

Jajaja... que "brujas", pero se lo tenian merecido...